Reflexión en el Polo

Por Hashim Ibrahim Cabrera


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Ibn Bay había sido vencido por el ayuno aunque este invierno sus huesos no se resentían de la humedad ni del frío. Volver a la escritura le resultaba tarea poco menos que ardua, aunque su voluntad se aferraba a las palabras como queriendo restablecer una imagen perdida, la imagen del antiguo puente entre los seres humanos, un puente más allá de la Historia que no era precisamente su final sino su corolario permanente, un puente de luz que muestra a la conciencia su dimensión trascendente, el sentido transhistórico del devenir humano en esta tierra del incesante crepúsculo occidental, materia prima de las sombras, de los cuerpos sin alma.

A Abu Bakr Ibn Bay no le preocupaba demasiado que se hubiese decretado el fin de la Historia. Lo que más le inquietaba era que las gentes se lo creyeran. Nada había de temer quien nunca había podido vivir en la linealidad y cuya conciencia, forjada en las mutaciones incesantes, habitaba en la quietud más imperturbable.

— “Quienes decretan el final de la Historia —pensaba Ibn Bay— pretenden abolir la memoria y, una vez perdida ésta, dejar a la deriva la palabra y el pensamiento. Pero la Historia que ahora quieren abolir es una Historia amañada y construida a la medida de los intereses de los poderes históricos que han mantenido una cierta ‘linealidad’ a lo largo y ancho de los siglos: La sangre griálica de las monarquías, el vellocino dorado de los banqueros y el culto mistérico de las iglesias, todos ellos contribuyendo al mantenimiento de sus respectivos imaginarios. La Historia siempre ha sido mentira porque la Historia que se puede narrar no es una Historia sino muchas historias y pretender una sola lectura ha constituido la ocupación predilecta de esos poderes. Qué absurda pretensión buscar la eternidad en los relatos de los seres humanos, reyes, príncipes, sultanes y califas que dejaron memoria de sus nombres en las piedras gastadas de la civilización y de las culturas. Ellos dieron testimonio de su presencia, de su ‘linealidad’ y su genealogía, fe de su permanencia. Pero la genealogía es tan incierta y precaria como la misma historia. Qué diferente todo este embrollo de cifras y nombres, de conquistas y falsificaciones, de aquella otra historia que se nos sugiere junto al puente de luz, cerca de las estribaciones de la Montaña de Qaf. Qué distinto es aquel plomo negro y oscuro de estas esmeraldas que rielan a la luz del tiempo y el espacio transhistóricos, del ser humano trascendente y completo, alumbrado y alumbrador, cuidador del secreto de las luces y ya, también, relator.”

Con estos pensamientos, Abu Bakr Ibn Bay cogió las herramientas y se puso a escribir:

“En los días inaugurales de aquel Al Ándalus estuvieron presentes todas las luces porque en el corazón de sus pobladores se había instalado la Gracia. Y se había instalado la Gracia porque habían sido purificados y conservaban intacta la capacidad de amar y los sentimientos de la Compasión, la Justicia y el Bien. Pero el recuerdo de aquella aurora llegó un día a ser más fuerte que la capacidad de sentir la Belleza, y la Gracia se fue escondiendo en los corazones de unos pocos, cuando ya la comunidad andalusí se repartía, y llegó casi a desaparecer como desapareció el Islam durante tantos años. Nuestro pueblo nació entre las luces de Oriente y de Occidente, y aquí estableció Allah un Centro, un Eje del Mundo, un Qutb. Pero como nada permanece salvo Allah, todas aquellas bendiciones se fueron retirando y, tras el jalifato, el Gran Sheij, como el grial de la Tradición, fue devuelto al Oriente en una nave de blancas velas que atravesó el Blanco Mar de Enmedio.

Y ahora, siglos después de aquellos relatos, reverdecen las luces que no son de aquí o de allá, de ayer ni de mañana, sino expresiones de la verdad que no admiten sombra, refulgiendo más allá del claroscuro que compone la Historia y traza su final. Y lo hacen como puras luminarias intelectuales que se manifiestan a través de unos intelectos particulares, de unos sujetos históricos alumbrados, inmediatamente alumbradores, cuyas ideas vienen a aclarar la tiniebla de nuestra pasión y de nuestro deseo, que vienen no a redimir sino a respondernos, a otorgarnos sentido en esta búsqueda incesante, luz en esta selva oscura. ¡Al Hamdullillah que nos alumbra con Sus luces y que hace que nuestro entendimiento se clarifique y nuestra memoria vuelva a nacer otra vez!

Al Hamdullillah que nos permite el diálogo y la discusión, que nos proporciona la palabra, que nos reconoce débiles y olvidadizos y que siempre nos perdona. Así si se puede pensar y así se puede escribir la Historia, más allá de su interpretación y más allá de las culturas, más allá de la inquisición dogmática de cualquier poder político o religioso que pretenda imponer una sola lectura, porque Allah, como sabemos, si hubiera querido, habría hecho de todos nosotros una sola comunidad, pero no quiso, y Él sabe más. Es precisamente la imposición de pensamientos únicos la que impide la experiencia humana global y universal. Además: ¿Por qué pueden surgir las luces en el pasado y no en el presente? ¿Por qué ahora las luces generan tanta inquietud, tanto desasosiego, cuando deberían, por el contrario, apaciguar las sombras, desterrar la duda, pacificar los corazones?

Porque no son estas luces de esas que se oponen a las sombras sino unas luces hacederas que están por encima de cualquier claroscuro, de cualquier historia. Son luces que nos anegan sin que nos demos cuenta, con ternura y misericordia, que mantienen por un momento, en la historia lineal, nuestras miradas. Por eso ha pasado lo que ha pasado, que, tras un montón de siglos oscuros inducidos por el orientalismo y la maquinaria militar, surgen con fuerza estas luces que nadie, salvo Allah, puede apagar.

No es lo más urgente rescatar las ruinas de la zawiya de Ibn Masarra —aunque no estaría de más, ya que se conoce su ubicación en la sierra de Córdoba— ni tan siquiera sus escritos conscientemente destruidos y perdidos, sino más bien su actitud, su insobornabilidad, su ética intelectual y su compromiso con el alma del pueblo, con la Ummah, frente a los poderes de la intolerancia y de la administración legal e impune de la muerte.

Aquel Ibn Masarra perdió toda facilidad en este mundo por dar testimonio intelectual de su creencia, como nuestro testimonio contemporáneo se produce también en la subsistencia, en el baqá. En esa precariedad nacen las luces que ahora nos inundan. El Hijo de la Sonrisa fue el fruto del ayuntamiento feliz entre el intelecto que asciende siguiendo el mandato coránico y la Revelación que desciende iluminándolo, grata coincidencia de opuestos que libraron a su pensamiento de todo dualismo y le hicieron ser fermento espiritual de su época y, por tanto, también de ésta, porque ambas tienen lugar en el tiempo inconmensurable del deseo.

Queremos conocernos a nosotros mismos, conocer nuestra propia naturaleza, pero no lo vamos a lograr sólo mediante el análisis, no; éste podrá servirnos para construir nuestra lengua, para establecer una semiótica necesaria, pero el conocimiento que nos hace falta es más profundo. Necesitamos una conciencia que pueda contemplar la mente como un universo más, como intermediaria, como barzaj, sin las limitaciones doctrinales que los poderes tratan incesantemente de imponernos, sin juicios de valor interesados, una conciencia que viva en la sumisión permanente a la Realidad, sin resistencias.

Aunque, eso sí, con mucha humildad y sin ninguna prisa, sabiendo que es Allah quien nos procura esas luces suyas y que lo hace porque quiere. Sobre eso no necesitamos saber sino que son luces que se ensanchan en el tiempo lineal y llegan a inundar instantes biográficos, pocos, es verdad, iluminándonos por un momento en una historia gratamente vaciada de idolatrías. Alhamdullillah, que alumbra nuestro ayuno y perdona las miserias de nuestro cuerpo, recordándonos que fuimos alguna vez seres iluminados, sin sombra, y que nos sugiere de nuevo el regreso a Su claridad. Alhamdullillah que todavía nos arropa del frío con el manto verde del Jidri, aleihi salem, en los largos inviernos del alma desmemoriada, en los momentos verdaderos que componen el Collar del Tiempo, la Corona de la Conciencia.”

Ibn Bay dejó de escribir porque empezaba a sentirse como un narrador y eso era lo último que quería para sí. Todo lo más se sentía transcriptor cuando dejaba volar sus dedos sobre el teclado con la mente absolutamente en blanco y viendo aparecer el texto en la pantalla. Tal vez era una mera cuestión de velocidad, de pulsaciones. Quizás por eso, Abu Bakr Ibn Bay no pensaba lo que escribía... lo escribía sin más, como si recitara en voz baja un discurso que surgía con toda naturalidad, no sabía bien de dónde. La reflexión sobre las luces se la había provocado un texto de Sohravardí, y su resurrección era el isnad que ahora regresaba desde el Oriente, y moviéndose con él todo el Polo, resituándose en un ahora que establece aquí un Centro.  ¿No era ese un motivo suficiente para estar contentos?

La conciencia del desplazamiento del Polo había dejado a Ibn Bay un tanto perplejo.